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Cuando abrí esto, hace un par o tres de años, lo hice con la intención de obligarme a escribir, en primer lugar, y el contenido de esos escritos serían dos: relatos, por un lado, y vivencias o interpretaciones de la realidad o el entorno por otro. Poco tardé en darme cuenta de que no sabía hablar de nada si no era con la casi transparente máscara por medio de un personaje, y me zambullí de lleno, preso cada vez más de una inercia que no había quién detuviera, en una de mis obsesiones, las relaciones entre personas muy cercanas. Lo dejé, o lo tuve que dejar, porque el día no tiene las setenta horas que necesito para ponerme en faena con todo lo que de verdad me motiva, hasta que ahora, época en la que los condicionantes de mi estado de ánimo están desequilibrados en niveles extremos, intento volver por mis tímidos fueros, aunque sea así, con grandes dosis de egocentrismo, sin disfraces, con el yo por delante. Valga esto como aclaración o disculpa a la deriva que de pronto aqueja a este olvidado lugar.

 

Mi novia es un sol por muchísimos motivos; entre ellos, el haberme regalado por mi cumpleaños dos entradas para ver a Los Suaves al día siguiente del mismo, en la última oportunidad que tendré para hacerlo y, por si fuera poco, acompañarme al concierto (ella, que es más de Richard Hawley y Micah P. Hinson), compartir juntos uno de los momentos clave de mi vida musical. Ahora que se ha producido el final, mi final, conviene recordar que todo tiene un principio, y el mío no está difuso o perdido en la niebla de los tiempos.

 

Las cosas empiezan…

 

Es un sábado del septiembre mediado del año 1995, a la hora de comer en casa de mis abuelos maternos, todo el mundo está ya sentado a la mesa, ellos, mis padres, mi hermana, yo, puede que alguien más, tal vez mis tíos, ahí no llego. En un par de semanas, Los Suaves tocan en un pueblo vecino, a unos veinte kilómetros y, por nuestra edad, dieciséis imbéciles años, no tenemos forma legal de ir y que despierte la suficiente confianza si no es con la colaboración paternal oportuna. Espero, en lo que a mi mente subadolescente le pareció una estrategia digna de Sun Tzu y su arte de la guerra, la nueva maniobra de pinza que desde los cielos aprobaría Aníbal con los brazos cruzados y un leve movimiento vertical del mentón, a esa comida para plantear mi asistencia al concierto, con la atenuante de que mis amigos van, tenemos viaje, y todos esos aprietos en los que los niños cada poco meten a sus padres. Mi madre, que es una guasona, tras un breve silencio que se hace secular para mí, habla, como creo que le corresponde por estar en casa de sus padres. Para mi sorpresa no responde con un no rotundo, ni siquiera se dirige a mí, pequeño y atemorizado, sino que lo hace a su padre, mi abuelo, un grandísimo cachondo mental al que admiré mucho porque nunca se tomó nada demasiado en serio. «¿Qué hacemos, papá? ¿Le dejamos ir? ¿Quiere llevar usted a todos los amigos al concierto?» Mi abuelo responde, despreocupado, como si aquello fuera una minucia, algo insignificante que no merecía que desviara la atención de su plato de arroz. «Claro, yo los llevo. En cuanto lleguemos les compro una bolsa de droga y que se diviertan.» La épica se hizo respuesta. «Bolsa de droga», tal cual. Habré contado esta anécdota miles de veces, pero no me canso ni siquiera de recordarla. Ahí comenzaron de verdad para mí Los Suaves. Al final no nos llevó mi abuelo, ni siquiera sé a qué droga se refería ni el tamaño de la bolsa, pero seguro que habría habido para todos. Terminó por recogernos mi padre, otro guasón, generoso y desprendido.

Del concierto recuerdo que, al terminar, todos esperábamos detrás de una valla de obra junto al escenario que impedía el acceso a camerinos (o lo que fueran) a que aparecieran nuestros ídolos a firmar autógrafos. Lo hicieron, con Yosi en último lugar. Éste, al verse abrumado por la entidad e intensidad de la masa, decidió que era buen momento para decir «esperad, que no puedo con todos» con muchísimo acento gallego y saltar la valla para situarse entre los fans. Yosi saltó, pero quien lo recibió entre sus brazos al otro lado, el primero que soportó su peso en desenfrenada lucha para no volcar al suelo con la espalda rota, fui yo. Tenía dieciséis años y mis brazos habían sostenido a Yosi. Me había convertido en mi propio ídolo. Después nos firmó las entradas, un claro y elocuente «109». Aún la guardo por mi casa, plastificada, con la rúbrica de todos menos de Gelo, del que confieso que no me di cuenta de que apareciera.

 

Un par de años después apareció San Francisco Express, el tren del cementerio, todos muertos, puede que su mejor disco, o el de mayor repercusión. Que los tiempos han cambiado no tengo que venir yo a decirlo, pero es que lo han hecho, y mucho, a demasiada velocidad y dejándose cosas por el camino, aunque ésta es otra historia. Por aquella época no teníamos redes sociales en las que los grupos colgaran noticias, fotos o adelantos de su nuevo disco. Había que circunscribirse a la radio, revistas y ya está. Lo único que teníamos era un rumor, que empezaba a oler a antiguo, de que un nuevo disco se aproximaba. Eso y el «¿Hay alguien ahí?» (su gran tercer CD de la edición limitada, con Pobre Sara, A Caín o Sin empleo, quién lo pillara) al que el láser del reproductor de CD tenía ya aborrecido. En otro golpe de suerte (no sabía que era de los últimos, es uno de mis mayores reproches a la vida), escuchando la radio, algo habitual sólo a medias en mí por entonces, pillé una canción recién empezada que al principio no supe ubicar (y bien que me fue reprochado al día siguiente cuando la enseñé) pero que tras los primeros instantes de vacilación, cuando reconocí la voz de Yosi, comencé a grabar en mi mejor cinta de noventa. Todos descansan en el hotel, todos los personajes del disco, Lisa, Luis, Tomás, Mary Sue, la canción coral, la canción que compendia todas las desgracias contadas. En la lista de ventas que aparecía en las páginas del Teletexto creo que el disco llegó a colocarse octavo o así, entre Alejandro Sanz, Mónica Naranjo, Backstreet Boys, Julio Iglesias, Enrique Iglesias o Luis Miguel. Año 1997. Ése era el decorado. (Bueno, también eclosionaron Dover, pero ésa vuelve a ser otra historia.) Han pasado muchos años, pero Luis y su mujer sigue asociada en mi cabeza a días de lluvia, y lo de «sin pagar de mi tienda ni dios se lleva algo» de Tomás el tendero aún acude a mí en momentos de rabia o ira.

Llega un momento en la vida de todo poeta en el que tiene que afrontar un exilio que en muchas ocasiones se transforma en un nuevo camino. El mío fue estudiantil y de poético tuvo muy poco, además de ser largo, tortuoso y desalentador hasta la locura, hasta todavía sufrir sus consecuencias (el nuevo camino de unas líneas más arriba), que anestesian muchas de mis voluntades reales. Durante la primera parte de este exilio tuve como compañero de viaje el lirismo oscuro y desesperanzado de Yosi, que, al César lo que es del César, cinceló en gran medida mi manera de pensar y de afrontarme a la realidad. De mi vida anterior recogía ecos cuando regresaba a casa que anegaban mi querencia hacia la nostalgia. Uno de ellos, doloroso por entonces, era el de dos de mis más grandes amigos, reunidos en casa de uno de ellos una tarde cualquiera de fin de semana para beber y escuchar discos antiguos de Los Suaves. Creo que fue por este motivo por el que rastreé por las tiendas de discos de mi nueva ciudad hasta encontrar cada uno de ellos, para a través de ellos viajar lejos de un lugar al que me costaba pertenecer y acompañarme por alguien que me dijera lo que ya pensaba: que la vida era una puta mierda y que mala solución tenía. Cosas.

Reconozco sin atisbo de pudor que no fui el único que se convirtió en su propio ídolo tras un concierto de Los Suaves: otro gran amigo se acercó mucho más al cielo hasta el punto de entrar, saludar, darse un pequeño paseo y despedirse hasta más ver. Su historia comienza en la zona de pogo en un concierto, lugar que suele servir de plaza de abastos para la subasta de recuerdos que Yosi hace en cada una de sus actuaciones, territorio comanche, distrito prohibido poblado sólo por valientes, descerebrados o un poco de cada cosa. Mi amigo tuvo ese día mejor colocación, mejores reflejos y, por qué no decirlo, más suerte que el resto de la turba ensordecedora cuando, casi sin pretenderlo, recogió una púa, una camiseta, una armónica y parte de una bandera (para esto último yo también he pujado y quizá sea la reliquia más complicada, acaba desmembrada entre un bosque de brazos que tensaban sin contención cada uno hacia sus cuerpos) que iba arrojando Yosi en momentos diferentes del concierto. Por si fuera poco, nunca me quedó claro cómo, acabó subido al autobús que transporta a la banda durante la gira, donde exhibió sus trofeos, creo recordar, a Charly y a Cereijo, pasmados los dos. Siempre habrá alguien a quien la gloria sonría más que a ti.

 

…continúan…

 

La fe, en estos tiempos superlativos y cargados de datos, es un artefacto liviano, frágil, quebradizo frente al torrente de información que despliega la red y a la facilidad con la que las experiencias, buenas o malas, se comparten. Y, por qué no decirlo, el desmedido culto al ego surgido de la carga de estímulos, protección y tiempo frente al espejo embarra a menudo los caminos de la tolerancia y la comprensión (esto vuelve a ser otra historia). La mía, mi fe, saltó por los aires en un lugar y momento concreto: el concierto que Los Suaves dieron en la ciudad de mi exilio el diecinueve de mayo del año dos mil.

Era mi momento, mi lugar. Desde que volcase por primera vez el puerto de montaña por el que se accede a la que iba a ser mi ciudad durante unos años, había esperado ese acontecimiento, encontrarme camino a la facultad un cartel enorme con el gato negro sobre fondo rojo. No fue así, no hubo cartel camino a la facultad pero sí dentro de un bar, cartel que intenté negociar con el dueño pero quien me aseguró que ya tenía otro postor. El Víspera de Todos los Santos (según Wikipedia aún no estaba editado en aquella fecha, así que alguien ha debido viajar en el tiempo) obraba en mi poder con sentimientos encontrados, era un disco nuevo pero parecía que lo había escuchado ya mil veces, y me había provocado un sentimiento nunca antes experimentado: la decepción (bien es verdad que Miénteme está ahí, entre mis favoritas). Pero eso no era impedimento (óbice, que está de moda) para emocionarse, y mucho. Asistiríamos a él todo un ejército de fanáticos, algunos de ellos desplazados para la ocasión, de entre quienes yo era el más destacado, el que esa misma semana había encontrado una entrevista en la radio con un emocionado Yosi, el que apareció por la tienda de discos en la que la tarde del concierto firmaban (ausente Yosi y ya con Fernando Calvo a la guitarra) con toda la discografía en la mano, el que siempre tiene en la cabeza el grito de «¿hay alguien ahí?» mientras suena el final de Les Preludes de Franz Liszt al principio de sus conciertos.

Pero el Dépor ganó ese mismo día la Liga y todo se fue al traste. Yosi se lo tomó como algo personal, apareció por el escenario ataviado con la zamarra coruñesa y masculló unas cuantas palabras, la mayoría ininteligibles, que tenían que ver con el ajuste de cuentas que el pequeño le hacía al grande, lucha de clases llevada al fútbol, excusa perfecta para perderse con los propios demonios y regresar para darle la vuelta al micrófono y orientarlo hacia el público, quien cantó durante la mayor parte del cortísimo concierto. Al terminar me deslicé hasta el escenario y rescaté el set-list: varias canciones tachadas (entre ellas Pardao y Malas noticias, que aún no había visto en directo) indicaban que de antemano estaba claro que no iba a ser la mejor noche. No tuve otro remedio, perdí la fe.

A pesar de ello, asistí a casi cuanto concierto se me puso a tiro. Pude, por fin, en lo que me tomé como la reparación de un agravio, escuchar Pardao y Malas noticias en directo, además en la misma ciudad en la que se desvaneció mi fe; también hubo un concierto suyo en mi pueblo en el mismo día de mi cumpleaños, bastante generoso también. Pero nada pudo superar un concierto del año 1999 en un festival de verano ya desaparecido (pero que en otras ediciones llegó a contar con Iron Maiden o Marilyn Manson) cuando encadenaron Esta vida me va a matar, Una ciudad llamada Perdición y Ese día piensa en mí, nada más comenzar, justo tras Preparados para el r’n’r. (Antes de que empezara el concierto, casualidades otra vez de la vida, nos hicimos unas fotos con la banda, ausente Yosi, en el restaurante en el que cenaban. Cómo llegamos allí, ni idea, pero fuimos los únicos.)

Con el triste final sin fe, poco a poco mi interés terminó por desvanecerse. En 2003 compré por última vez un disco suyo, Si yo fuera dios, que no creo haber escuchado más de cinco o seis veces. Mis referentes habían cambiado y mis oídos requerían sonidos no tan compactos ni tan duros, más melódicos. Un par de años más tarde, como mucho, sus discos dejaron de girar y Los Suaves se convirtieron en un lejano recuerdo de juventud.

 

…y luego, tienen su fin.

 

Cuando nuestra gata se deja, lo que no suele entrar en lo cotidiano, agarro el ukelele, me siento cerca y le canto eso de «te odio porque tienes todo mi amor, uoh, oh» mientras mi novia mira entre celosa y divertida y la gata se mantiene indiferente. Descubrir, por mera casualidad, la existencia del disco en directo Gira de los 1.000 conciertos que contenía la esquiva Llegaste hasta mí u otra de mis favoritas, Una ciudad llamada Perdición, me arrancó una amplia sonrisa e incluso me animó a rebuscar y ver qué había pasado durante estos años lejos de la banda gallega.

A estas alturas, recrearse en viejas canciones es pelearse con recuerdos ingratos o comprometidos las más de las veces. De 29 años, 9 meses y un día me tocó la fibra sucesión ¿Sabes? ¡Phil Lynott murió! y Ese día piensa en mí. Esas dos canciones me traen a la memoria invierno, frío y pérdidas, y a menudo siento escalofríos al comprobar lo cómodo que me encuentro escuchándolas. También estaba en el disco Adiós, adiós, tal vez su mejor canción en los últimos diez o quince años (aquí saltará el fan de nuevo cuño de turno a enumerar cinco o seis canciones para él mejores y al que no pienso hacer puto caso), y fue la que hizo encajar las piezas, con la que todo cuadró, con la que pude tomar perspectiva de tantas vivencias, dejar de apropiarme las emociones que transmiten las letras y entender que tanto dolor no tiene por qué ser fingido: cada uno lo maneja como puede, se deja llevar por él, lo explota o lo minimiza según intenciones y voluntades; la mirada inquieta, curiosa e instruida que se posa sobre el mundo que la rodea y comprende su probable devenir, quedará presa de un pánico que no la abandonará jamás. Al fin y al cabo, Yosi tiene todo el derecho a sentirse decepcionado con el hombre y el mundo, que no es más que una sucesión de animales muertos en las cunetas y de niños de piel morena que tienen por morada un vertedero (¿alguna vez han visitado un vertedero? Se lo recomiendo, les arrebatará cualquier filtro que tengan de condescendencia hacia el ser humano).

 

Llega la gran noche, el concierto final, el acabose. Me enfrento a él de riguroso hawaiano, muy lejos del negro canónico establecido para la indumentaria (gracias a, o por culpa de, mi novia, que me había asegurado que pensaba vestirse de flores y yo no quería quedarme atrás, y al final la del negro ha sido ella). Mientras terminan de preparar las tablas para el inicio del espectáculo, compruebo divertido que no somos la única pareja en la que él parece haber arrastrado a ella al cierre del círculo, al fin del viaje. Sobre esto podrían llover líneas y líneas afiladas como puntas de flecha, pero comienzan a sonar las trompas templadas de Los Preludios de Liszt y Tino, Charly, Fernando y Alberto se materializan de la nada para ocupar el escenario con el gato negro de anfitrión, como si siempre hubieran estado ahí, como si no pudiera concebirse uno sin ellos. Al final de la obertura, Yosi, encanecido y sonriente, armado sólo con su voz rota a base de noche, irrumpe con los brazos abiertos y caídos para que pueda empezar Cuando los sueños se van.

No hacen falta demasiados compases para comprobar que Los Suaves son una grandísima banda de rock duro (por llamarlo de alguna forma, si hay algo que me tire para atrás son las etiquetas) de altísimo nivel musical con un líder al que no le hace falta entonar, ni siquiera cantar, porque el público lo hace por él, de la primera estrofa al último estribillo, algo a lo que sólo se llega con canciones que por derecho propio han alcanzado la categoría de himnos. Y con conciertos, más de mil, que se dice pronto.

Lo admito. Suelo sufrir en los conciertos. Me entra el pánico a que la banda, después de recibir un insulto, un baño de cerveza caliente y residual o, como fue el caso, un vaso con tres cubitos bien gordos que alcanzaron a Fernando Calvo, quien respondió con una peineta y un solo, decida abandonar el escenario. También me apenan los calificativos que recibe Yosi, siempre sonriente y agradecido mientras le canta al fin de todo. En este aspecto nada ha cambiado, la fauna es la que es, ebria, irrespetuosa y cuestionable.

También admito que estos dos párrafos no están bien hilados, pero se me ha ido un momento el santo al cielo y no recuerdo cómo pensaba continuar.

Ah, sí, con el éxtasis. Igual sufro que soy presa de la enajenación más santateresiana cuando reconozco el riff o el acorde que abre determinada canción. No, no sonó Llegaste hasta mí, tengo que conformarme con seguir cantándosela a la gata, y el Frankenstein volvió a quedar marginado (puede que sea el disco al que más cariño le tenga), pero sí que lo hicieron Por una vez en la vida, ¿Sabes? ¡Phil Lynott murió!, Viajando al fin de la noche, Ese día piensa en mí y Esta vida me va a matar, suficiente para hacer saltar por los aires el pozo de los recuerdos, evocar otros conciertos, aquellas cintas de varios de noventa y de los noventa, viejas maneras e ideas, tiempo que pasa junto a ti y rara vez trae una idea sensata por la que luchar, apuntar con el brazo al cielo, saltar y gritar eso de «el día que veas que mi mirada, ya no se fija en ti, ese día piensa en mí». Ahí es cuando piensas qué más dará todo, ese momento extático es tuyo, de nadie más, el pasado se fue, murió, el futuro es un tren desbocado que circula hacia ti y que te arrollará, hagas lo que hagas, y que sólo ese instante, ese presente perecedero, esos tres o cuatro metros cuadrados que ocupáis tu chica y tú mientras un hombre mayor y algo maltratado suplica «¡dejadme en paz por favor!, por una vez en la vida» son lo único que importa, refugio atemporal e impenetrable, estación final de la línea que va a ninguna parte, andén gris, vacío, helado, reloj cuyas agujas no se molestan en marcar la hora. Duelo final de guitarras y la música termina.

Volvemos a casa, a deshoras y por una autovía inusualmente atestada. Bromeamos en el coche con la idea de que todos vienen del mismo sitio, del último concierto que verán de Los Suaves, y yo recuerdo aquellos tiempos en los que sólo concebíamos el final del grupo ligado al fin del mundo, decretado por Yosi tras enganchar a su micrófono una bandera gallega y otra con el gato, negro y de colmillos afilados.

Por mi parte, que soy muy de gatos, me encargaré de que siga vivo, aunque sea entre nosotros. Sempre Suaves.

 

Los Suaves, Dodirock, Cieza, 29 de agosto de 2015, sonaron:

 

Cuando los sueños se van.

Palabras para Julia.

Maldita sea mi suerte.

Por una vez en la vida.

No puedo dejar el rock.

Viajando al fin de la noche.

¿Sabes? ¡Phil Lynott murió!

Mi casa.

El Afilador.

Dolores se llamaba Lola.

 

Bis 1:

San Francisco Express.

Ese día piensa en mí.

Ya nos vamos.

 

Bis 2:

Esta vida me va a matar.

Dulce castigo.

La noche se muere.

 

 

…Me gusta, que sonrías al oírme…

 

 

 

Yo antes solía escribir aquí. Yo antes solía escribir. Yo antes solía. Yo antes. Antes. En fin.

Uno está tan acostumbrado a las chapuzas propias, nacionales, estudiadas o descubiertas según han pasado los años, que le cuesta asimilar y comprender las ajenas, no termina de concebirlas e incluso, si su magnitud es importante, las mira con desdén, envidia y una vaga sensación de intrusismo. Durante el viaje que he hecho a Estocolmo en mis ilegalmente cortas vacaciones he descubierto una tan gorda que extraña su escenario y desconcierta que ningún antepasado se viera implicado. Ahora, mientras me queda un poco de aire, toca contarla.

Esto no pretende ser una lección de historia, ni de nada, pero Gustavo Adolfo II de Suecia, de la dinastía Vasa, fue un monarca expansivo y beligerante, de los más importantes del pasado del país escandinavo. Entre sus obsesiones confesables, que de las otras también tendría, se encontraba Polonia, y motivos no le faltaban: para empezar, su rey y también primo, Segismundo III Vasa, había sido rey de Suecia y, si bien fue depuesto a los siete años, no convenía que se le pasara por la cabeza la idea de reclamar el trono para alguno de sus descendientes (en algunas partes de Europa Segismundo era el heredero legítimo); después, Suecia empezaba a experimentar un importante crecimiento como potencia mundial, y una buena manera de agrandar su poder sería anexionarse (qué bonito eufemismo) todas las costas del mar Báltico y convertirlo en una especie de mar interior sueco (por si también conseguía evitar el éxodo futuro de sus compatriotas hacia latitudes más cálidas); por último, quizá la más molesta de las cuestiones: el ultracatolicismo contrarreformista del polaco molestaba a Su Majestad protestante, que ya había visto cómo, durante el breve reinado de su primo y pese a estar instaurada la libertad de culto, la intención de volver a pasar las costumbres suecas por los finos tamices de la “verdadera iglesia” se había mostrado como una de sus prioridades.

Para convertir el Báltico en su patio trasero, en un elemento disuasorio frente a la Costa Blanca, Gustavo necesitaba algo más que la por aquel entonces desvencijada armada sueca, su empresa requería una máquina de guerra total que impusiese su ley en las frías aguas escandinavas. Así, en 1625 ordenó construir no uno, sino cuatro galeones, dos de ellos de mayores dimensiones y que resultasen los más temibles que hasta aquel momento surcaran los océanos. Trasladó la idea al armador Antonius Monier y al maestro constructor Hendrik Hybertsson, que trabajaba en colaboración con su hermano, Arendt, todos holandeses, y se dedicó a otra cosa, como modificar la fiscalidad del país para que entre todos tuvieran el detalle, en un ejemplo claro de colectivismo, de sufragarle las guerras.

Aquí es donde uno ya se pone a imaginar, tira de invención y se encuentra con el rey sueco sobresaltado en mitad de la madrugada en una fresca noche primaveral, que sacude con vehemencia a su amante Margarita hasta despertarla y le grita, entusiasmado: «¡dos cubiertas!», para después salir, en pijama real, o en reales posaderas, por palacio repitiendo la consigna «¡dos cubiertas, dos cubiertas!», con una cara de felicidad similar a la que tienen sus súbditos del futuro cuando visitan España y descubren que las nubes no ocultan el sol cada quince minutos y que por el precio de una cerveza en el barrio de Södermalm pueden tomarse cuatro, tal vez cinco, en el bar Manolo de Salobreña.

Vasa, castillo de popa.

Pero lo mejor debió llegar al día siguiente, en el salón del trono del castillo Tre Kronor, en su despacho privado o donde fuera. Quién sabe, hasta pudo ser en el propio taller de los hermanos Hybertsson, en los astilleros de Skeppsgården donde se llevaba a cabo la construcción del barco, con la presencia de los hermanos y el armador Antonius. «Dos cubiertas con cañones, el Vasa necesita dos cubiertas armadas con cañones. Y cuanto más gordos, mejor», diría Gustavo, muy serio y convencido de su propuesta. Frente a él, los holandeses guardarían silencio, pensarían que dónde iban ahora a modificar las características del barco, a estas alturas, con todos los materiales adquiridos y tantísimos árboles talados, con el viejo Hendrik ya enfermo o a punto de contraer la enfermedad que le llevaría a la tumba un año antes de la botadura del barco y que empezaría por apartarle de su construcción; todos callados, esperando a que fuera otro quien dijera que lo de las dos cubiertas de cañones en un galeón suena potente como una andanada, pero que todavía hacemos los barcos con tablas, ábacos y proporciones ya comprobadas y que sabemos que funcionan, que lo de la ingeniería naval, planos en Autocad y diseños vanguardistas vendrá después, y esto puede que nos salga o puede que no.

Fuera por los destellos entrevistos de la posible gloria venidera, por la dificultad de negarse o razonar con un rey, por el estado de salud de Hendrik, al que ya todo podía darle igual o estar cerca de ello o porque realmente consideraran que el proyecto de armar al Vasa con dos cubiertas artilladas estaba a su alcance, asumieron el reto, se modificó el diseño (hay planos que lo demuestran) y se continuó adelante con la construcción de un barco liviano, demasiado alto y estrecho (a pesar de que el sustituto de Hendrik, el también holandés Henrik Jacobsson, ensanchó, en la medida que pudo, la manga del barco), con una potencia de fuego nunca vista hasta entonces (más cañones, más peso), comparable a la de navíos de línea construidos un siglo después, escaso calado y centro de gravedad muy alto, por encima de la línea de flotación, por mucho balasto que cargara en las bodegas para equilibrarlo. Al final resultó un monstruo marino que desplazaba 1210 toneladas con capacidad para rugir a través de 64 cañones, la mayoría de a 24 libras.

Y llegó el 10 de agosto de 1628, día en el que el desgarbado Vasa, comandado desde el enorme castillo de popa por el capitán Söfring Hansson, debía realizar su viaje inaugural. La tripulación podía llegar a 150 hombres y 300 soldados más, que comían y dormían en el espacio que quedaba entre los cañones, pues no había lugar para que un marinero extendiera su coy. Pero, en la primera parte del primer viaje, estaba compuesta por unos 100 marineros, muchos de los cuales había subido a bordo a sus mujeres e hijos, con quienes viajarían hasta la salida del archipiélago en el que se dispersa la ciudad de Estocolmo. Aquel día, alguien debió estar al cargo de todo aquello, alguien tuvo que ser el señalado para cortar la cinta, soltar la botella de champán o bajar la bandera que señalara que el buque podía soltar las amarras que lo retenían en tierra, junto al palacio de Tre Kronor, y comenzar a surcar las aguas holmienses, ante la atenta mirada de autoridades locales y extranjeras, invitadas a la demostración de poder. No era el rey Gustavo, pues se encontraba en la guerra en Prusia. Su mirada, la del responsable máximo del acto, debía ser algo sombría, conocedor de que, en los días anteriores, el capitán Hansson había hecho correr a treinta hombres de proa a popa, y viceversa, los cuales habían conseguido desestabilizar el barco como si se tratara de un cascarón de huevo. También estarían allí el armador Antonius y el nuevo maestro Henrik, obligados tal vez por el orgullo y nerviosos ante la posibilidad de que algo saliera mal. Nada descabellada su intranquilidad, la misma que atenaza a cualquiera ante una construcción de envergadura, aunque la haya calculado o erigido una y mil veces con anterioridad. Tendrían todo el derecho a sentir, casi estarían obligados, una punzada de responsabilidad en el estómago.

Por descontado, además, la plebe, el pueblo llano, los orgullosos súbditos, visitantes atraídos por el evento, espías, los centenares de trabajadores que de un modo u otro se habían involucrado en la construcción del Vasa también estarían allí, apelotonados en el puerto, arracimados en los escarpes de Södermalm, en Skepsholmen o en los prados de Djurgården, mirada cautiva de los sesenta y nueve metros sobre el agua a los que se encontraba el extremo más alto del palo mayor. Es de suponer, como casi todo en este cuento, que la propaganda real habría trabajado con eficacia y que los habitantes sabrían que contemplaban algo más que un simple barco, lo que veían era un avance tecnológico, un motivo de orgullo, un hinchador de pechos que regresaría a casa con la tripulación intacta y la bodega repleta de oro y cabezas polacas. Aunque tampoco es descabellado pensar que, bien fuera a través de algún trabajador bien posicionado, de un compañero de sinceridades y borracheras del armador o por la mirada experta de un viejo navegante, el rumor de que en aquella embarcación algo pudiera no funcionar bien estuviera extendido por los estratos más basales de la población. Y tampoco faltaría quien, conocedor de la funesta posibilidad, por rencor, envidia o catastrófica pasión, la deseara.

Vasa, babor.

Vítores y aplausos acompañaron los primeros movimientos del Vasa, al que mediante cables remolcaron hasta separarlo del litoral, donde podría empezar la navegación. Primero se balancearía nervioso hasta conseguir estabilizarse, majestuoso, con todo el aparejo repartido por los palos que se elevaban más allá de las nubes, los cañones hercúleos, asomados a las portas decoradas con cabezas talladas de leones, resueltos y osados, reflejarían la luz del sol que no habría querido perderse la botadura del barco que habría de instaurar la superioridad sueca sobre todos los vecinos bálticos.

Como ocurre con cualquier ser recién nacido, los primeros pasos del nuevo galeón, sus primeras bordadas, debieron ser temerosas, cargadas de dudas, la madera crujiría con cada nuevo movimiento y aparejos y trapo intentarían acomodarse a sus nuevos estados de tensión. Hay que admitir que debió ser emocionante, pocas veces en la vida, y menos en estos tiempos, se tiene la oportunidad de asistir a la puesta en marcha de lo mejor o más ambicioso en nada, a un paso adelante de la Historia, y además con la facilidad de asomarse a la orilla de una isla y detenerse a mirar. Trinquete, mayor y mesana desafiarían al cielo, y el bauprés haría lo propio con el horizonte, donde estaban sus enemigos, griterío desde tierra, salvas, algún “viva el rey”, pañuelos, trapos o mandiles agitados, la primera singladura del barco está ya en marcha y el pueblo responde, orgulloso.

A pesar de las dudas sobre la construcción, de la inestabilidad manifiesta, de la evidente inclinación hacia estribor que padecía el barco, a nadie se le ocurrió pensar que aquello podía salir mal. Los desastres existen, ocurren, pero no son para nosotros. Todo aquello que vivamos seguirá su curso normal, natural, sin separarse de lo predecible o establecido. Después, ya en casa, en el bar o en el trabajo, alguien nos contará que a otro alguien (siempre, o casi, terceras personas, lejanas) le han robado, ha tenido un accidente o ha perdido un familiar muy querido de la forma más azarosa, pero nunca tendrá que ver con nosotros, estamos a salvo de las veleidades de la fortuna. Por eso el capitán Hansson se hizo a la mar aquel 10 de agosto, porque el destino no iba con él, por muchos indicios que tuviera en su contra. Así, un cuarto de hora después de tres años de trabajo, todo se fue literalmente a pique, sólo quince minutos tras comenzar a moverse, una ducha tranquila, un paseo rápido con el perro, lo que tarda en hornearse la pizza, y el desastre. Empezarían los murmullos a la vez, aquí y allá, Björn le diría a Sven que el barco escora demasiado a estribor, si habrían estibado bien las cargas, que los palos ya no apuntan al cielo sino un poco más abajo y que en cuanto las velas han cogido un poco de aire al dejar atrás el sotavento de los acantilados de Södermalm se ha inclinado aún más.

Vasa, amura de estribor.

Y llegó el momento fatal, el punto de no retorno, la realidad frente a la puerta de casa sin que nadie la hubiera avisado. Las troneras de la primera cubierta, la inferior, abiertas y próximas a la superficie del mar, permitieron la entrada de agua al interior del buque. El Vasa terminó de desequilibrarse y volcó, hacia la derecha, levantando agua y exclamaciones casi a partes iguales. Treinta muertos. Fin de la travesía.

Allí quedó el Vasa, a treinta y dos metros de profundidad tras haber navegado mil quinientos. Quince días después la noticia llegó a Gustavo Adolfo, quien ordenó una investigación para encontrar al responsable de la catástrofe. Candidatos tenía, aunque ninguno tan indiscutible como para cargar con la totalidad de la culpa (ordenados según las sugerencias bibliográficas): primero, el vicealmirante Klas Fleming, a quien el capitán Söfrig Hansson había demostrado, con los treinta hombres corriendo por la crujía, que el barco era inestable y que no se opuso a la botadura; segundo, el propio rey Gustavo Adolfo, empecinado en las famosas dos cubiertas de artillería y que acabó por aprobar los planos de la embarcación; tercero, el ya muerto maestro Henrik Hybertsson, que no tenía demasiada experiencia en la construcción de barcos con dos cubiertas; y por último, el responsable final del barco, el propio capitán, por no asegurarse de que la carga estuviera bien equilibrada y además dejar las troneras abiertas, por las que a la postre entró el agua. Aunque claro, ¿cómo resistirse a no mostrar todo el poderío del barco, lo que además habría sido sugerido de forma más o menos amable por un superior?

Admito, y aquí entro de lleno en lo personal, que tengo verdadera fascinación, pasión, por la capacidad de olvido del ser humano como sistema, como conjunto. Ciudades enteras, como Petra, Angkor o Machu Pichu se borraron de la memoria colectiva casi de un plumazo para tener que ser redescubiertas muchos siglos después por exploradores intrépidos que seguían su instinto y una vieja leyenda escuchada de boca de algún anciano o una referencia oculta en un par de versos de un poema. Tras el rescate inicial de la gran mayoría de sus cañones y un primer intento de reflotarlo, el Vasa quedó hundido “por ahí” (acompáñese la expresión por un movimiento circular de la mano apuntando al mar), ajeno a los devenires de sus reyes y sus gestas, a veces con la gentileza de hacerse notar con un gesto solitario, como el resto de un obenque, un flechaste o una bandera, arrastrados hasta alguna cercana orilla, hasta que emitiera un último gemido y ya nadie lo recordara ni preguntara por él.

Vasa, proa.

Por suerte para quien tenga la intención de visitar Estocolmo, esto no fue del todo así. En los años cincuenta del s. XX, el arqueólogo sueco Anders Franzén, además de conocer la historia del Vasa, sabía otros dos datos interesantes: que la baja salinidad de las aguas árticas permitía la conservación de la madera y que el gusano xilófago Teredo navalis tenía su hábitat lejos de aguas tan frías y poco salinas. Esto lo llevó a emprender una nueva búsqueda del barco en las aguas del archipiélago, y a contactar con el estado sueco y empresas privadas para reflotarlo, lo que se logró el 24 de abril de 1961, tras dos años en los que se emergió poco a poco de forma controlada.

Lo que ocurrió a partir de aquí pertenece al presente. Con el 95 % del barco recuperado, se trató la madera, durante 17 años, para evitar su descomposición y se unieron todas las piezas del gigantesco rompecabezas. El resultado se puede admirar en el Vasamuseet (sito en la isla de Djungården, de cuya excelente página web me he servido para redactar esta entrada) el museo que en la actualidad alberga el Vasa casi como fue traído al mundo. Impone y emociona pasear a su alrededor (lo suyo sería en silencio, pero hoy en día visitar cualquier museo, por mucha épica que posea, hacer turismo o incluso vivir, resulta imposible), ver la madera, vieja y combada, que ha pasado tres siglos sin protestar en el fondo del mar, sentir la mirada de los leones rugientes en las portas de las troneras, abiertas como el fatídico día, mirar hacia arriba, desde el nivel de la línea de flotación, y contemplar el enorme castillo de popa (demasiado alto, maestro Hendrik), labrado con imaginería de emperadores romanos (la pintura, por fortuna, no se conserva, pero eso ya es cuestión de gustos), pensar en el capitán Hansson cuando ordenó soltar velas y trajo a la vida a ese artefacto mortal, con todas las miradas puestas en él, o el caos que debió producirse en cubierta cuando ya era evidente que volcaban, unos tirándose al agua y otros que luchaban por tener sitio en el último bote, ya que no sabían nadar.

Las moralejas son varias, más o menos evidentes, más o menos interesantes, y como dije al principio esto no es una lección de historia ni de nada. No obstante, hay que quitarse el sombrero ante todos los que tuvieron responsabilidad tanto en el desastre como en el rescate. Gracias a todos ellos queda un lugar en el que emocionarse en este mundo al que cada vez cuesta más pertenecer.

Me levanto de la cama porque pienso que para qué seguir con la intentona, no va a resultar, esta noche toca no dormir y ya está, tampoco es tan grave. Lo hago con sigilo, ella duerme al lado, y no quiero que se despierte, si nota mi ausencia se preocupará. Con la ayuda de la tenue luz del teléfono móvil encuentro algo de ropa, que reúno para vestirme fuera de la habitación, hasta donde me sigue la gata, que querrá que le ponga, otra vez, comida, y lo conseguirá. Una vez vestido y cumplidas mis funciones como alimentador, escribo una pequeña nota, “he salido a tomar un poco el aire, vuelvo en seguida, no te preocupes”, que en silencio dejo sobre mi mesilla, por si acaso se despertara y echara algo en falta. Cuando estoy en la puerta para salir, retrocedo para recoger su cámara de fotos.

En la arteria principal a la que tras alejarme unos pasos del portal desemboco todo está tranquilo, la temperatura es casi agradable, y yo añoro a los dioses del frío que ya no nos visitan, acomodados en sus blancos desiertos helados, ruinosos; es día laborable, todo el mundo descansa para retomar quehaceres por la mañana, lo que cada vez entiendo menos, la sumisión global y aceptación de las reglas de un juego en el que su inventor consideró la posibilidad de la propia derrota. Algún coche, alguna moto, siempre más veloz, pero poco más, soy el único caminante que veo. Podría preocuparme, ponerme nervioso, tener miedo, pero sé, en un tal vez exceso de confianza, que no es necesario, esta ciudad tiene hábitos fijos, dos caras netamente diferenciadas: tras la que se oculta por la mañana, donde dominan las apariencias y los reflejos, y la que no deja ver durante la noche, porque no está, ha reducido su actividad hasta la práctica inexistencia. Mientras camino, rumbo al centro, o a lo que se haya reducido, admito que yo también soy algo culpable de parapetarme en ese refugio nocturno, o de encomendarme a él, pienso en esos últimos instantes antes de dormir, embargado por la paz de saber mío ese momento, sin contaminación externa, sin la intromisión del día a día, control, en definitiva. Esos últimos momentos de ser uno mismo, de esperar que nada cambie o no lo haga demasiado, o si lo hace que sea por haber movido yo la rueda del timón, y no porque haya rolado el viento. Desespera poder gozar de tan pocos momentos de libertad mental plena, porque la física se convirtió en inalcanzable cuando se nos exigió la comparecencia. La paz es breve porque me doy cuenta de que es finita y casi incompartible, así que es ahí cuando opto por meter la cabeza en el hueco perfecto que forman la almohada, el colchón y la espalda que me acompaña y dormirme, feliz, aunque sólo vaya a durar hasta que tenga que volver a ponerme la máscara, un poco después de desayunar, justo antes de salir de nuevo a la calle, pero sin remordimientos porque todos las llevan, aunque la mayoría no oculten nada.

Como a esas horas y en esas circunstancias la ciudad es totalmente desconocida para mí, casi nueva, encuentro algo que me desconcierta: un bar abierto. Lejos de las horas de los primeros desayunos y las últimas copas, sólo se me ocurre entrar a comprobar qué sucede dentro, que no es otra cosa que seis o siete personas, todas parecen encargadas de la limpieza municipal, alrededor de una misma mesa llena de platos demasiado elaborados para lo impreciso de la situación. Nadie ha parecido reparar en mi entrada, salvo el camarero, al que pido un refresco tras sentarme en la barra. Como la curiosidad me corroe, me invento una profesión y una personalidad, me aprovecho de quien no soy para satisfacer a quien verdaderamente soy, sin sentir por esto que traicione la pureza de la noche. Me acerco y les digo que soy un fotógrafo que prepara un libro sobre personas en bares, comportamientos en grupo y en solitario en espacios donde el ser humano suele sentirse más seguro y cómodo, o por el contrario fuera de lugar, que en otro tipo de entornos más obligatorios. No parecen muy entusiasmados con mi explicación, por lo que desecho de inmediato mi recién creada vocación de fotógrafo, pero la aceptan. No ponen reparos a explicarme que son dos escuadrones de limpieza, me hace gracia que usen esta palabra tan bélica, pero no lo digo, de rutas distintas que cada dos días coinciden cerca de este lugar y paran para avituallarse, pues están aún a mitad de la jornada. Mientras, hago fotos, una tras otra, a sus caras, a su grupo, su comida y su bebida, muevo el objetivo como un loco sin saber bien qué estoy haciendo, me quedo con ganas de hacer algún primer plano con la estela de las luces de los coches detrás, pero no tengo ni idea. Charlo un poco más con ellos, acabo mi bebida y me voy.

Vuelvo a casa, convencido de que me he quedado a medias, que debería haber avanzado un poco más por la avenida, seguro que encontraba alguna pelea, o un accidente, siempre me he preguntado por quiénes son los que están ahí para atestiguar el incidente solitario, pero decido dejarlo porque para algo que desde tantos años atras no hacía, no ha estado tan mal. Ella sigue durmiendo, por fortuna, así que me deshago de la nota y vuelvo a la cama para no tardar en dormirme. Tendrá que saber de mi expedición nocturna cuando vea las fotos. Aunque sea de día.

Al principio Galván iba a ser nada más que una cabeza, pero en la ducha comprendí que sin el resto del cuerpo no podría estar a punto de caerse del taburete en un bar como en el que siempre lo encontraba, apostado en mitad de la barra, con conversación suficiente para unos y otros, llegaran nuevos o viejos, ocasionales o regulares. Era, es innegable, un tipo popular, de los que se citan y recuerdan, y a los que siempre se tiene un rinconcito reservado en la memoria, para que perduren.

            Mi relación con él no era todo lo intensa que a mí podía gustarme, ya que sólo me era dado a frecuentar su hábitat cuando juntaba, con trabajos efímeros aquí y allá, unas cuantas monedas, por lo que no siempre podía permitirme sentarme a su lado, o cerca, para participar en alguno de sus coloquios vespertinos.

            Galván atraía a la gente porque, según decía, había conocido tres tipos de moneda y aún calculaba las cantidades en la más antigua, aunque para ninguno de los cambios le habían consultado, algo que le ofendía. Así, para él, un vaso de vino costaba tres y medio de su moneda, aunque para el resto de los mortales, y digo mortales porque él no parecía serlo, pues solamente la moneda en curso tenía más de doscientos años, costara ciento veinticinco. Esa era una de sus historias, y no de las más disparatadas. Una que recogía tantos aplausos como carcajadas, incluso severos asentimientos de cabeza aquí y allá, era la del Presidente de la República de no sé qué remoto país, que una vez le pidió por favor, y con presidenciales maneras, que le proporcionase un poco de papel para culminar una operación de estado, con la particularidad de que el mandamás se encontraba encerrado en una letrina de, cómo no, un bar. Contaba que al salir el Presidente, con traje militar azul marino y multitud de medallas, emblemas y condecoraciones, estrechó su mano y le aseguró que había hecho un gran favor a la patria. Tres días más tarde se firmaría la Paz de los Cuatro Montes, y Galván no podía evitar pensar que había tenido algo que ver, aunque no se lo hubieran agradecido con un cómodo puesto de escasa responsabilidad en las altas esferas del gobierno.

             Porque si algo desconocía de Galván era si había dedicado su vida a algo que no fuera acodarse en la barra de un bar a contar historias, porque aunque en eso fuera el mejor, sin duda, no le pagaban por ello, o yo no vi que lo hicieran. Parecía conocer el ancho y vasto mundo, no había rincón en el que no le hubiera sucedido un extraño suceso, y si alguna vez tenías la suerte de viajar, donde fuera, él siempre conocía a alguien que, diciendo que ibas de su mano, por descontado te ayudaría. Como, de momento, no puedo permitirme salir de mi casa para ir más allá del bar, puede que esto no lo compruebe nunca; otros lo intentaron, pero o las señas eran caducas o los reclamados hacía mucho que habían desaparecido. El caso es que, a pesar de no saber de dónde las sacaba, nunca faltaba en la mesa una moneda para convidar, que así decía él, a quien lo necesitase.

            Galván era uno, pero en el bar había más clientes fijos, y otros no tanto pero que aparecían y desaparecían con la misma frecuencia. Yo era de estos últimos, quieto y callado, más de escuchar que de hablar, entre otras cosas porque ni por asomo podía estar a la altura de las aventuras tan fantásticas que allí revivían aquellos hombres que me doblaban de lejos la edad. Una tarde, especial, porque había conseguido mejorar transitoriamente mi economía, decidí invertir en espíritu y me acerqué, justo después de que cayera el sol, a ver qué ocurría en el bar.

            Para mi estupor, la conversación no la acaparaba Galván, el que en un principio iba a ser todo cabeza, ni siquiera parecía participar activamente, sólo miraba por la ventana, no quería tener nada que ver con el grupo de seis personas (siete, con él, y ocho ya conmigo) en el que uno se levantaba sobre los demás, o con lo que en él se decía. Le decían el Pellejo, y creo que era un sobrenombre heredado porque le quedaba grande, camiseta y pantalones negros con ya más lavados de la cuenta, pelo muy corto y barba de pocos días, piel maltratada por el sol, voz grave y algún tatuaje que otro. Era uno de los ocasionales, y para mí el mejor ejemplo de maldad objetiva, sin resquicios ni dudas. Era la antítesis de Galván, lo que quiere decir que era igual pero con intereses contrarios, o mejor, con intereses, lo que ya de por sí es suele ser peligroso. Sus historias, soeces y celebradas por la clientela más espuria, hay público para todo, y es soberano, siempre estaban amenizadas por algo de sexo, un robo o una pelea, de las de callejones oscuros y un par de patadas a un cuerpo inmóvil en el suelo antes de perderse a toda prisa entre los neones de la noche.

            Esta vez la historia no tenía ni nocturnidad ni la épica del malvado, pero la contaba con mayor énfasis que ninguna. Tres adolescentes, dos niñas y un niño, charlaban esa misma tarde en una plaza de pie bajo un árbol, refugiados del demorado sol de otoño. Él apoyado en una bicicleta, y ellas inmersas en una batalla de sonrisas y miradas luminosas para intentar atraer al galán. Así es como yo los imagino, muy distinto a como el Pellejo lo relata, porque según él “las dos guarras –a cada palabra malsonante, Galván negaba casi imperceptiblemente con la cabeza– parecían tener remilgos a la hora de hacérselo juntas con el crío, estaban buenas para eso y para más, jóvenes, seguro que olían bien, y él encima se hacía el duro, ahí apoyado en la bicicleta, así que me he dicho, joder, a este lo escarmiento yo con un susto, por detrás, le pego un empujón y le quito la bici, pero en el tiempo que arranco y demás él aprovecha, se levanta y se tira encima de mí, así que hemos caído los dos al suelo, él sobre mi espalda, el hijo de puta, que al final resulta que tenía fuerza, con toda esa cara de pijo mimado, y como ha empezado a llegar gente lo mejor ha sido no revolverse, pero tampoco no sabía lo que hacer así que ha acabado por dejarme ir, un viejo no paraba de gritar que alguien llamara a la policía, yo incluso me he esperado un poco a ver que pasaba, pero como al final nadie me hacía caso…”

            En este punto del relato, una mano grande, gigante, oscureció todo el entramado luminoso del local y bajó rauda y pesada como un martillo hacia la cara del Pellejo, que de la hostia que recibió, y perdón, porque no puedo llamarla de otra manera, cayó del taburete al suelo, boca arriba, al principio desubicado y sin saber de dónde había recibido el castigo, después con los ojos fijos en Galván que, inmóvil, le aguantaba la mirada. Galván, que al principio iba a ser sólo cabeza, con cuatro pequeñas extremidades a la altura de la barbilla y de las orejas y colocado sobre un taburete, resultó que no entendía muy bien la gratuidad de los actos ni la impunidad con la que algunos los llevaban a cabo, y se tomó la justicia por una de sus manos, que aquella tarde era dura y pesada como el pedernal.

            Ambos se fueron, el Pellejo y Galván, uno antes y otro después, qué más da quién, sin mediar palabras entre ellos ni hacia nosotros. Lo normal habría sido que se formara un debate polarizado, con partidarios de uno y otro bando, pero en eso también decidí que no debía ser así, sino que era mejor que se fueran todos a su casa, en silencio, a intentar entender lo que había sucedido. 

Ayer vi cómo atropellaban a un perro, grande, blanco con manchas marrones y bastante bobo, o esa pinta tenía. Por fortuna para él, salió del todo ileso, sin cojeras, rasguños o partes cercenadas, nada, sólo un pequeño mareo, que se lo atribuyo porque quiero, tributo compensatorio a una segunda oportunidad, o tercera, a saber.

     Estaba en el coche, de copiloto, o de acompañante, más correcto. Esperábamos para incorporarnos a una carretera arbolada, paralelos a ella para así acceder al carril adyacente, sin prisa, al menos yo no la tenía, cuando lo descubrí. Apareció perpendicular a la carretera desde nuestro margen, paso tranquilo, ajeno a un medio que no tiene por qué comprender, incluso quizá más suyo que mío. «Te van a pillar», pensé o dije en voz alta, más bien esto último, esa carretera tiene muchas muescas en la culata, de todo tipo. No recuerdo qué pasó con el tráfico en el sentido al que pretendíamos incorporarnos en paralelo. Por el contrario, donde los vehículos avanzaban enfrentados a nuestra posición, se aproximaba un coche, viejo, azul marino o negro, conductor distraído, que arrolló al can por los cuartos traseros, aunque parte de lo que pasó lo supuse, pues aparté la mirada (lo reconozco, prefería no ver, no saber) para abalanzarme sobre el claxon. Mi acompañante también increpó al conductor mientras pasaba a nuestra altura, que ignoró todas nuestras advertencias o maldiciones. Pensé, una vez más, y van unas cuantas, en el perro al alejarse, de una pieza, en la necesidad que tendría él de llevarse esos sustos incomprensibles, también en la apabullante capacidad inmersiva, y destructora, del ser humano, el que cada día menos motivos de orgullo me deja.

     También, por unos instantes, adopté el papel del conductor, descuidado, tal vez con su atención puesta en el idiotizador teléfono y que por eso no vio al animal que cruzaba. Pensé en que la cosa pudo haber llegado a mayores y que él, al regresar a casa, lo hiciera abatido, derrumbado ante su pareja, puede que entre sollozos, al admitirse culpable de un despiste mortal, y esa noche fuera incapaz de conciliar el sueño, perseguido por la sensación de algo que golpea el parachoques y después soporta el peso de dos de las ruedas. Pudo haber ocurrido así. Aunque también puede que hubiera visto al animal desde el principio, sin importarle y pensara «es sólo un perro», como tantas otras veces habrá sucedido.

     Siempre acabo por acordarme de aquel perro de la ciudad milenaria en ruinas que visité hace ya muchos años. Se ganó mi simpatía y un relato escrito en un tren que no he vuelto a leer después, pero que tengo bien localizado en una de las libretas en las que ahora prefiero escribir (estoy atrapado por el narcisismo de ver cómo mi mano traza las líneas a través de la estilográfica, que se desangra en beneficio del hambriento papel donde la tinta muere transformada en palabras). Aquel perro paseaba impune entre las viejas construcciones de piedra, y accedía a lugares que incluso puede que los moradores originales del lugar tuvieran restringidos, sin ser consciente de la solemnidad del entorno, pero también sin herirlo. Mientras, yo lo admiraba detrás de un pasamanos de madera, colocado a ambos lados de un camino que otros habían marcado y que no podíamos dejar de seguir, vetados los lugares sagrados a quienes eran capaces de disfrutarlos.

     Y eso es lo que soy, lo que somos. Seres que han de proteger sus virtudes incluso de sí mismos. Disculpen si no les admiro.

Ha huido de la lluvia en el coche de una desconocida. Tenía pensado caminar un par de estaciones más, pero lo repentino de la descarga ha propiciado que se subiera al primer vehículo en el que tuviera oportunidad de hacerlo. Ya a cubierto, silencio, sólo el tamborileo, cada vez más acelerado, de las recias gotas contra el cristal, el movimiento de los brazos incapaces del limpiaparabrisas y sus gomas gastadas.

            Mira a la conductora, algo entrada en años y algo guapa, piensa, puede que desnuda no sea muy diferente a las mujeres por las que paga, pero vestida se aleja del atractivo fácil y burdo de las otras. Está tentado a decirle algo, lo tiene fácil, como confirmar si el destino que llevan es el mismo, aunque sabe que sí por el lugar en que le ha recogido, aludir a su minoritaria condición de mujer al volante, le han contado que en otros lugares es normal, no termina de creerlo, de asumirlo, o simplemente algún comentario superficial sobre la tormenta, pero nada, no le sale, ninguno de los dos parece tener ganas.

            Mueve el volante con destreza, a un lado y a otro, parece resbalarse entre los demás vehículos, que no consiguen ni interponerse ni soportar su ritmo, frenético. No está mal, acaba por concederse, para ser una mujer, jamás lo admitiría, pero en ciertos momentos, en determinados adelantamientos en los que las revoluciones del motor parecen los rugidos de una bestia mecánica, ha agarrado el asiento y sentido miedo. O tal vez no, no es posible.

            Ha dejado la gabardina en un gancho en la pared, en el pequeño vestíbulo antes de las escaleras que descienden hasta el taller clandestino, varios metros por debajo del nivel de la encharcada calle. Hay algunas cajas a medio llenar que interrumpen la bajada, llega a considerar patearlas o volcarlas, pero no quiere empezar ya, volver así, se limita a esquivarlas después de escudriñar el contenido, imitaciones de primeras marcas de bolsos, fundamentalmente, aunque también hay carteras, cinturones, cosas así, primera calidad, o eso pensaba hasta que coge un pequeño bolso de mano y, a la titilante luz de dos escasas bombillas, descubre algunos pespuntes sueltos, imperceptibles para otros ojos pretendidamente expertos, pero no para los suyos, entrenados en la oscuridad subsuperficial.

            Nada más entrar, traga una bocanada de aire estanco, viejo, usado, que ya por fin le sitúa de lleno en la realidad, y los automatismos aparcados durante dieciséis días, una eternidad, se reactivan casi solos. Dentro, a pesar de estar todos de espaldas, advierten una presencia, la suya, y no la de otro, los delata el súbito acelerar, arrancar en algunos casos, de las máquinas de coser. Se le acerca el otro supervisor, que se va, termina su turno, intercambian unas palabras mientras encienden unos cigarrillos junto a la puerta, no está prohibido, para ellos, pero tampoco quieren contribuir a densificar aún más la atmósfera, la ventilación depende de tres ventanucos casi en el techo, a la altura de la calle, por los que se cuela algo de luz grisácea cuando lo hace, y casi siempre están cerrados.

            Ya sin conversación, cierra los ojos y deja que el rítmico resonar de las máquinas de coser se apodere de él, reconoce, ahora que se han reencontrado, que ha llegado a echarlo de menos, ese entrechocar de locomotora y raíl lo reconcilia con sí mismo, incluso un poco con el asqueroso mundo en el que, piensa, vive.

            Cuando vuelve a abrir los ojos se centra en las pequeñas nucas que ocupan los puestos frente a las máquinas de coser, hay tres de estas libres, lo que es una cifra bastante buena para los tiempos que se dan, tan proteccionistas, a la mayoría las reconoce, hay otras seis o siete nuevas, espera que aguanten.

            Pasea entre las mesas dispuestas en columnas, como en un examen, no es más que eso, otra prueba más de la vida, al fondo de la estancia hay un mural con los patrones de los modelos que fabrican y unas cuantas indicaciones que él, por supuesto, conoce de memoria, y a golpes, pequeños, nada serio, con un bastón roto de puño de marfil, insta a que aprendan. A los lados de las mesas tienen dos cajas, una con material bruto y otra para el producto acabado, al final de la jornada, en otro turno, no es habitual que él lo presencie, procesionan por las escaleras hasta el camión que las espera para repartirlas en distintas tiendas del centro de la ciudad. Corrige, siempre a su modo, algunos defectos que encuentra, aquí y allá, de forma aleatoria, más por intimidar y regresar a la realidad que por significativos. Tras algunas rondas selecciona su presa, llega desde atrás y da dos golpes en la mesa con el bastón roto, antes de punta astillada, identifica ese otro acelerar, más nervioso y desacompasado, menos marcial, de las máquinas de coser, la nuca que ha elegido es de las recién llegadas, necesita esa novedad, esa alegría, para salvar lo que se le antoja será un día largo, pero no hay respuesta, a pesar de que seguro sabe el protocolo, han debido contárselo, golpea de nuevo, esta vez con más fuerza, no dos sino tres veces, y sigue sin reacción, salvo el nerviosismo que se apodera del compás de las máquinas, que llegan a parar, algunas, del todo inaceptable, tal vez incluso se atrevan a mirar, no lo tolera, pero da igual, la nuca en cuestión, no son más que eso, nucas, nucas venidas de lejos, de los campos, con la promesa de algunos billetes arrugados como único equipaje, no ha cejado su ritmo, hasta que, desde el otro lado de la mesa, le levanta la barbilla con el bastón roto, de madera noble, y encuentra unos ojos desafiantes, libres de miedo.

            Se descubre pensando en la mujer al volante, de la que nada sabe y apenas recuerda, pero está seguro que tiene esos mismos ojos, brillantes, independientes, inalcanzables, y ahora es él quien tiene miedo, no sabe por qué, abandona su presa y escoge otra, también nueva y, de camino al rincón, donde todos saben lo que va a pasar pero nadie lo demuestra, o intenta impedir, reparte algunos golpes, brutales y aleatorios, con el bastón roto que encontró en la calle, para apuntalar su cobardía y, de paso, regresar a esos días lejos del sótano de la ciudad, de la sala de máquinas de la tierra, en los que, mirando al cielo, se conformaba con su condición de ser insignificante. 

El viejo tren

No hablábamos de mí, ni de nada en particular, pero alguno de ellos lo dijo, “podría ser una buena idea que le preguntaras, otros lo hicieron, lo confiesen o no, ahí tienes sus biografías para confirmarlo, no sé qué les diría pero muchos lo citan como el punto de inflexión, o el comienzo real, de sus carreras, el momento a partir del que todo empezó a verse de otra forma”, y aunque lo consideré superstición de extrarradio (es cierto que podría encontrarse cierta relación, o un pequeño nexo entre todos los autores, nada para ser tenido verdaderamente en cuenta, transcurrieron, por ejemplo, diez años desde la visita hasta que el Asociaciones publicara su obra cumbre, la incomprensible “Ataraxia”, y no fue hasta después de ser el único superviviente del naufragio de la fragata “Bicéfala” que al Negro se le ocurriera la trama de “Mar Abierto”, plagada sin duda de referencias a aquella experiencia), me quedé con la idea, hasta con la intención, era verdad que estaba ya mucho tiempo a vueltas con el tema, entre construcciones y descartes de relatos, algunas pequeñas novelas también, tal neurosis me provocaba la inseguridad sobre mis creaciones que había expulsado de mi lado, involuntariamente, a tres mujeres, una de ellas, la última, ni lo dudé mientras estuvimos juntos ni lo hago ahora, la de mi vida, pero así es el juego, tenía dos caras y a ellas (ella) sólo les mostraba la oscura, cuando volvía a casa tras trabajar en la librería, donde era respetado y solicitado, y me sentaba a escribir, tantas veces sin inspiración, sin una simple idea que trasladar al papel, tres máquinas de escribir volaron por la ventana hasta que ella, la que pudo ser y no fue, me compró un ordenador, es para los dos, dijo, reacio al principio, cómodo después, con cierta fluidez, quise ver en el cambio de medio una variación en la tendencia, hasta que la primera noche de frustración reventé su pantalla, fondo negro y letras verdes, con un pisapapeles que ella también me había regalado, así que nada perdía por probar.

            Hablé con gente que le había preguntado, el mínimo salto temporal que encontré era de casi cinco años, no conseguí dar con ningún testimonio más reciente, no obstante la premisa era siempre la misma: esperar, no había forma de tener claro cuándo aparecería, así que la única opción era merodear por las vías muertas de la zona deshabilitada de la antigua estación de trenes y rezar por un golpe de suerte. Lo hubo, antes de que llegaran las angustias y las ansiedades, antes de que me obsesionara por recorrer cuatro o cinco veces en semana el amplio trecho hasta la estación de tren, burlar la seguridad (era gentileza de los agentes mirar hacia otro lado cuando descubrían un merodeador nervioso que intentaba transgredir el espacio vigilado hasta la zona abandonada de vías muertas) y colarme en el pequeño rincón, el antiguo taller descubierto, donde se decía que aparecía. Fue la tercera tarde que acudí, el tercer martes, único día de la semana en que en la librería podían prescindir de mí, después, al volver y hablar de mi encuentro, me dijeron que había cierto truco, una pista que podía revelar su posible presencia o no, había que fijarse en las agujas de las vías sur, si apuntaban hacia la estación o hacia las vías muertas, si lo hacían hacia esto último existía la posibilidad del encuentro. Deambulaba por las vías, el antiguo taller y el depósito de agua, cuando escuché el inconfundible traqueteo, eso sí, muy espaciado, de las ruedas metálicas saltando de raíl en raíl, me giré hacia el origen del sonido y lo vi, una locomotora y dos vagones, antiguos, de mitad de siglo, acompañados por un viejo que parece guiar el convoy por las vías, apoyado en el costado del vagón intermedio. Llegan hasta la pequeña elevación en la que se situaba el taller al aire libre, trabajosamente, y se detienen, el viejo me mira pero no habla.

            ¿Puedo acercarme?

            No. ¿A qué has venido?

            Necesito consejo, mi obra, es plana e insubstancial, sin caras ni aristas, no muerde ni emociona.

            ¿De qué me hablas?

            (Silencio, dudas.)

            Pensaba que lo sabrías, que todos te preguntaban por lo mismo, me refiero a lo que escribo.

            Todos venís por lo mismo, a hablar de vosotros, pedantes, sedientos de valoración, de alabanzas, de arrodillados ante vuestro ego. Estoy viejo, cansado.

            Creía que te dedicabas a esto.

            ¿Me ves?

             Sí.

            ¿Y qué soy?

            Un tren, un tren sin cara que habla, cuya voz no sé de donde viene.

            Muchos antes que tú preguntaron, y todos se llevaron la misma respuesta.

            ¿Cuál?

            ¿Ves los vagones, los asientos de madera, enfrentados, eres capaz de imaginar toda la gente que compartió momentos de su vida ahí dentro, las huidas, los regresos, los emocionados primeros saltos que tuvieron lugar?

            Supongo que… imagino…

            No tengo otra verdad, sólo esta.

            Creo que no he entendido nada.

            Necesito descansar, otros antes que tú supieron interpretarla, si no lo haces, has errado el camino.

            En ese caso, me voy.

 

            Años, muchos, después, cuando por fin me había convertido en un escritor consumado y reencontrado con el amor, me acordé de un húmedo día de invierno en un viejo cementerio norteño,  cuando comprendí que no se ha visto una lápida hasta que no se ha tenido delante una de granito gris, cubierta de moho y líquenes, inclinada, con un nombre ininteligible mal tallado en ella que a duras penas se distingue entre la niebla.